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Sunday, 27 October 2019

La cosmopolítica de la metafísica de los otros

Después del coloquio muy bueno de jueves y viernes, hablo mañana sobre el Gran Afuera y la metafísica de los otros aquí en La Plata:

La cosmopolitica de la metafísica de los otros
Hilan Bensusan

Comenzamos con lo que llamo la concepción Bilawag-Binbin-Povinelli de la atención. O sea, comenzamos con la percepción. De una ontología de la atención que la presenta como el espacio de las disputas cosmopolíticas – y un elemento central de la diferencia entre los sucesivos momentos de la historia cosmopolítica. Si cosmopolítica es una constitución para las prácticas – una configuración de una ecología de prácticas, en el sentido de Isabelle Stengers – la atención es uno de sus elementos centrales, según esta concepción. La concepción Bilawag-Binbin-Povinelli (BBP) de percepción la comprende como actuación, como protagonismo y como capacidad de recibir efectos. La percepción goza de una gran salud: una relación con el exterior que constituye el revés de la permanencia. La percepción es una abertura – es menos como un canal de información y más como una puerta donde tiene lugar la receptividad – y, me parece, la hospitalidad.

Elizabeth Povinelli, en su Geontologies, intenta contrastar el imaginario carbónico que caracteriza el liberalismo tardío del colonizador – con sus suposiciones de que todo existente tiene que ser de alguna forma un viviente – con el imaginario geológico, geográfico y más indiferente a la muerte de la resistencia aborigen en el norte de Australia. Un elemento de este contra-imaginario es una metafísica de la capacidad de atención donde la percepción es una orientación más que un preámbulo del entendimiento. Esta concepción de la atención Povinelli aprende con Bilawag y Binbin en su nomadismo por el norte de Australia – Bilawag, Binbin y otras mujeres que forman, con Povinelli, el colectivo Karrabing, educan a ella y a los niños, al mismo tiempo, sobre el trato de las atenciones Ellas conciben la percepción como el medio donde los otros intentan captar la atención de quienes percibe; el propósito es atraer, seducir al perceptor y reorientar-lo. “El lodo, la ostra y el peso de mi cuerpo”, escribe Povinelli, “se interpretan dinámicamente de tal manera que producen un efecto específico” (ch. 3, 93). Bilawag, Binbin y Povinelli describen los existentes como manantiales de atención. La belleza, el miedo o la repulsa son maneras de intentar atraer la atención, quizás siempre en exceso, que tiene cada existente. La atención es ya una orientación al exterior – su cosmopolítica está centrada en el fuera. Aquí la percepción y la manifestación están juntas, uno mira lo que mira porque le es mostrado, manifiesto. El fenómeno percibido no es una exposición sino una desocultación específica – y el proceso de manifestarse para buscar una atención es, para Povinelli, una materialización. La materialización no es una imposición, es antes un intento de captura. Si la atención no es conseguida en una parte, la manifestación se orienta a otra parte. Ella ilustra la orientación de la materialización escribiendo sobre Tjipel. Tjipel una vez fue una joven mujer que primero se transformó en un joven hombre y luego, después de un accidente con un hombre más viejo, en arroyo. Como formación rocosa, es objeto de batalla jurídica de la población local con las minerías. Povinelli dice que el, como arroyo, Tjipel intenta llamar la atención de la población que vive cerca pero si se convierte en una zona minera no es que morirá, sino que se manifestará de una manera que ya no intentará atraer la atención de esta gente. Como arroyo, Tjipel se manifiesta en alimento – pescado, algas – y agua para la población. Si no consigue más la atención de estas personas y se convierte en una zona minera, se petrificará para ellas; se convertirá en un desierto para ellas.

La percepción de una manifestación es una sutura; Povinelli utiliza las expression in sutu. La sutura es el procedimiento de mantener los tejidos juntos después de un daño o lesión. Llamar la atención es como actuar sobre una herida, sobre una sutura. La gran salud de la percepción, no es una permanencia, sino una readaptación constante a partir de una atención a las manifestaciones. Las cosas se materializan para que puedan ser percibidas, y se materializan de una forma que sean visibles y transparentes para algún existente – para producir un efecto específico. Desde la concepción BBP de la percepción, la receptividad no es una antesala de la espontaneidad, o un reportero del entendimiento, para producir una imagen completa del mundo, una exposición total sino una revelación específica destinada a la captura de algunas atenciones en particular. La percepción, aparte de in sutu, es también in situ, o sea, está situada en una piel específica – un sensorium específico - que puede percibir algo pero no todo, solamente lo que a esta piel se manifiesta.

La exterioridad, en que trafica la percepción; la receptividad, que es la acción de recibir o dar atención; y la exposición son cosmopolíticas: producen una práctica de percepción y una práctica con las cosas percibidas. Para Povinelli, la relación cosmopolítica que Bilawag y Binbin anuncian es una en que la atención, y no la vida, es un elemento central. Como la atención, aunque abundante, no es ella misma un archivo, ella no puede estar en una reserva como el agua o la energía en una presa (no puede estar en Bestand, la palabra de Martin Heidegger). La atención va y vuelve, como el foco en una conversación. Bilawag, Binbin y Povinelli consideran que la percepción se mueve en el espacio de la atención – y no de la producción de reportajes. Su cosmopolítica construye un ambiente donde nada se queda completamente expuesto (y nada puede existir sin manifestarse).

Povinelli observa la similitud de la manera de esta manera de pensar la percepción con la filosofía del organismo de Alfred Whitehead. Las materializaciones en búsqueda de atención son como las proposiciones de Whitehead – lure for feelings, señuelos para el sentimiento. O sea, son intentos de atraer la atención, de provocar, intensificar o atenuar sensaciones. La sensibilidad de las entidades actuales a su alrededor muestra, para Whitehead, que ellas tienen un sentido de disfrute, un reto y una capacidad creativa. En su octava conferencia de Modes of Thought, llamada Nature Alive, Alfred Whitehead se pregunta a qué corresponde en la observación el carácter de organismo de las entidades actuales. Su respuesta es una noción de observación más allá de los dados sensoriales – todo puede ofrecer y retirar la atención; todo puede reorientarse, atender y recibir, así como tornarse un desierto. La noción es de que cada entidad actual sufre los efectos de las otras – el cuerpo es una sociedad de gotas de experiencia. Así, la experiencia de un cuerpo está en enfermarse y en mantener su gran salud, en enamorarse o distanciarse, en acostumbrarse a algo. Todas las partes del cuerpo reciben efectos por la percepción; es decir, todo puede ser afectado, o aún, todo es un manantial de atención (y una manifestación para lograr atención).

Whitehead coincide con la concepción BBP en que el concreto es sensible. Cada materialización tiene su sensibilidad – su sensorium – y sus posibilidades de ser afectadas, regidas quizás por su capacidad de afectar, de llamar la atención. El concreto es todo lo que está a merced de los cebos de atención. Bilawag y Binbin hacen hincapié, entretanto, en que una manifestación interrumpe genuinamente las materializaciones. Mientras las entidades actuales de Whitehead tienen un reto y un sentido de disfrute que orientan su sensibilidad que puede ser intensificada, atenuada y en alguna medida guiada por señuelos, las materializaciones de BBP pueden cambiar las orientaciones desde un absoluto exterior. Todo el proyecto de vida de Bilawag y Binbin puede cambiar si ellas encuentran una manifestación que captura su atención. La percepción orienta la vida – la sensibilia no es dócil, es una apertura. Con BBP podemos pensar la percepción en una economía general, en los términos de Georges Bataille: percibir es un comercio constante con el exceso que está siempre presente. La sensibilia, como todo el resto del cuerpo, está en las manos del exceso – en el sentido de que puede siempre ser suplementado, su pasado puede ser reconfigurado y exige siempre una decisión más o menos urgente. Es interesante comparar esta consecuencia de BBP con la concepción australiana de los sueños que, como enfatiza la antropología del totemismo – o, como prefiere Povinelli, la mitología antropológica del totemismo -, reorientan la vigilia de quienes despierta. El sueño, si pensamos así, se parece a la percepción: ambos son aperturas a la interrupción – y aperturas al exceso.

La posibilidad de un cambio de orientación proveniente del exterior tiene muchas consecuencias. Las entidades actuales apenas son orientadas por su disfrute y ni siquiera son similares unas a las otras. La idea misma de proyección especulativa de lo conocido hacia su afuera tiene que ser reconsiderada. Si Whitehead ofrece una manera de descartar la idea de una realitas que puede ser expuesta completamente – un producto quizás de la traducción de energeia por actualidad y no por en acto o en trabajo, en-ergo – sus entidades actuales son todavía siempre transparentes a alguna otra. La transparencia hace que el exterior sea en principio expuesto: aunque si cada cosa está expuesta a alguna cosa, no es que todo esté ya expuesto, la transparencia es anatema de la exterioridad.

En un libro reciente, sobre absolutos deícticos, intento encontrar una manera de adicionar a la filosofía de la percepción de Whitehead la genuina interrupción desde el exterior. Busco informar la concepción de percepción de Whitehead por medio de la idea de exterioridad y de demanda del otro como aparecen en Emmanuel Levinas. El propósito es el de suplementar el pan-perceptualismo de Whietehad con la idea de un otro absoluto, pero también la concepción de un otro con rostro humano que casi siempre aparece en Levinas con la apertura de Whitehead hacia entidades actuales que son todas gotas de experiencia. Levinas contrapone precisamente la exterioridad, y su transcendencia, y la totalidad. En esta última, hay una simetría entre el yo y el otro – el otro del otro soy yo. La exterioridad presupone ya una asimetría; el otro es una herida, una sutura y yo soy su rehén en un sentido que hace imposible que el otro sea (también) mi rehén. El libro busca entender como otro precisamente el exterior, el Gran Afuera (the Great Outdoors). Colocar la exterioridad en el centro de la metafísica es eliminar la totalidad de la escena. No solo nuestro acceso a ella está limitado por lo que es intrínsecamente opaco, sino que la realidad nunca es completa y, por lo tanto, no puede eliminar los bordes exteriores. Estos bordes son indispensables, no hay como acomodarlos todos de una vez porque la apertura hacia el exterior es una sutura incurable – no se recupera del exterior, solo se puede conseguir una gran salud, que es como una manera de tratar constantemente del exceso en una economía general. El exterior puede ser pensado así través de dos figuras de intensidad cosmopolítica: la noción de exceso de la economía general de Bataille y la noción de suplemento (o pharmakon) que utiliza Jacques Derrida en sus esfuerzos por pensar la escritura, la transfiguración del pasado, la différance y la trace – que es la forma misma del otro que no está jamás presente y es otro que el ser, según Levinas. Pero antes de considerar las dos figuras, me gustaría introducir dos ideas que están en el libro: la idea de inevitabilidad de los bordes y la metafísica de los otros.
Por tener siempre una exterioridad, cada cosa es formada por una dirección; o sea, es como una interioridad en el sentido que es formada por operadores como mismo, otro, dentro, fuera, interior, exterior. Estos operadores – deícticos – forman los bordes de lo que existe. El Gran Afuera posiciona cada cosa en una dirección relativa, que es como una situación en relación a otras cosas y también una ubicación que la determina; se pude usar la expersión de Whitehead aquí: un locus standi. El Gran Afuera es como una playa que determina la posición de todo lo que hay; es quizás como una ubicación al borde del ser, para utilizar una imagen de Fernando Pessoa. El ser es la playa que termina con el mar, pero el Gran Afuera ubica algo en el ser – en la costa. Me parece incluso que aún antes de una individuación, hay un borde exterior. La interioridad está en un proceso por su ubicación deíctica. Su identidad – que es una no-identidad – está en su exterioridad que no es ni si misma, ni su misma y ni siquiera es transparente. En contraste con la idea de que las cosas son substanciales, los bordes aseguran una concepción indexicalista según la cual son los bordes – y los nombres, los pronombres demostrativos, el locus standi – que determinan una actualidad. El indexicalismo es formado por la inevitabilidad del Gran Afuera; así, si la exterioridad es una cosmopolítica, el indexicalismo es su ontología – pero una ontología que, claro está, es ella misma cosmopolítica. Más precisamente, es al mismo tiempo metafísica y rechazo de la metafísica. Se trata de una metafísica paradójica, en el sentido de Jon Cogburn: es una metafísica que ofrece un abordaje de la imposibilidad de la metafísica. O sea, el indexicalismo no es un abordaje de la totalidad que decide las cuestiones cosmopolíticas – una última cosmopolítica – sino antes bien el estudio de los límites cosmopolíticos de toda ontología (o, por lo menos, de toda totalidad). La idea de tomar en serio el Gran Afuera, es decir que hay algo como un horizonte que limita el discurso (y el discurso ontológico). El proyecto mismo de la metafísica se queda limitado desde el exterior. Y esto permite que pensemos en las relaciones (cosmopolíticas) entre la metafísica y su crítica.

La idea de metafísica de los otros puede ser presentada a partir de un comentario de Anna Tsing. En una conferencia en Bruselas en el 2016, Tsing dice algo así: la tarea es doble; primero, de contar el mundo con nuestras mejores capacidades (de entendimiento, de sensaciones, de capacidad narrativa) pero, segundo, dejar espacio en lo que es contado para otras versiones, otras narraciones, otras concepciones. A cada parte de la tarea, excluyendo la otra, la hemos visto y quizás hacemos a diario. Las dos juntas son como la empresa de la metafísica y la empresa de limitarla. Y limitarla es tomar en cuenta los límites en el esfuerzo de contar el mundo con nuestras mejores capacidades. La metafísica de los otros es un intento de hacer la doble tarea. Así, ella quiere ofrecer una explicación general de la realidad de manera tal que sean posibles genuinos otros. Los otros son parte de una imagen de la realidad en general, la physis de los otros – su exterioridad, su capacidad de interrupción, su alternativa - es parte de una metafísica donde los otros son un componente central. La metafísica de los otros es así paradójica como el indexicalismo, del cual es consecuencia: es al mismo tiempo una metafísica y su crítica o rechazo. Así, ella misma está en una diaphonía, como en una conversación con el fuera donde una narración completa es posible solamente en un vértigo. Se trata de una metafísica de la incompletud, de la exterioridad, de la diaphonía – y también del suplemento y de la insuficiencia que requiere más, excesivamente más.

La metafísica de los otros, como respuesta al mandato de Tsing, es una disposición para la interrupción. Como tal, es impulsado por fuerzas externas que, al ser interminables, se aseguran de que los elementos recalcitrantes no van desaparecer – como el horizonte no desaparece en un viaje más largo. Como se trata de una metafísica paradójica, la diaphonía más bien propaga dialetheas que las erradicada y reemplazada por una representación de la realidad que sea coherente, neutral y completa. Es cierto que la interrupción es un núcleo metodológico dentro de la metafísica de los otros, pero la interrupción no es simplemente un afán de evasión. Es más bien lo que provoca la necesidad de responder. El momento donde el nexo construido es insuficiente – el momento donde lo recalcitrante aparece o puede aparecer – es el momento donde se puede hacer hincapié de una aserción metafísica y abandonar la metafísica de los otros o seguir en ella con sus incompletitudes y riesgos. (Es el momento donde se puede hacer a todo costa una sensibilia dócil o, antes, dar la prioridad a la percepción que interrumpe.) La metafísica de los otros es una consecuencia de la inevitabilidad del exterior – la metafísica posible y su crítica parten del Gran Afuera. Tsing sabe del carácter dinámico e inestable de cualquier intento de ejecutar la tarea que propone. Se trata de convivir – como en una conversación – con el exterior, no integrarlo. Y, como en una conversación, la autoría de lo que es dicho es simpoiético y, para pasar de Donna Haraway a su colega Karen Barad, meets the universe halfway. Aunque el encuentro no sea jamás más que una conversación.

La metafísica de los otros es quizás así una metafísica autodestructiva: es destructiva si tomamos la búsqueda de la totalidad como una guía inextricable para todas las cosas metafísicas. El indexicalismo es una metafísica sin totalidad y, en este sentido, es un alejamiento de la metafísica: su relación con las totalidades no puede ser más que paradójica. Se deduce que una característica general de la realidad es que no hay una característica general de la realidad. La metafísica de los otros implica que la exterioridad es una característica general de la realidad que desmantela cualquier otra. La insuficiencia como un carácter general impide la finalización: la insuficiencia metafísica implica que no es posible completarla, ya sea en forma de una totalidad original que se ha degenerado o como un objetivo a alcanzar. La insuficiencia metafísica es la que introduce el carácter paradójico del esfuerzo metafísico. Silvia Rivera Cusicanqui cuenta la historia de los Andes coloniales como un fracaso del proyecto de pureza colonial de establecer una serie subordinada de repúblicas que se representan a sí mismas como países como los de Europa, como instituciones. El fracaso es la impureza, o más bien lo que ella llama ch'ixi, una palabra aymara para manchado o moteado. Se opone la idea de ch'ixi a la del híbrido: la primera es una fricción activa entre los polos que da lugar a una recombinación permanente. La aceptación de lo impuro permite una nueva forma de expresar lo que es propio de una manera manchada y contaminada.

Rivera insiste que ch'ixi se opone a las ideas de sincretismo, hibridación y a la dialéctica de la síntesis, en busca de una, la superación de las contradicciones a través de un tercer elemento, armonioso y completo en sí mismo. El poder creativo reside en una fricción persistente que no debe resolverse mediante la integración o la prevalencia de un polo. No hay convergencia. Estar contaminado o manchado es haber sido complementado: rastros de algo externo que equivale a incompleto. El ch'ixi de Rivera es una respuesta al mestizaje violento y la integración forzada, algo que es ch'ixi está contaminado por los demás, pero no se está convirtiendo en uno con los demás ni en los demás. No se está convirtiendo. Quizás se describa mejor como algo que vuelve a aparecer en sí mismo después de ser interrumpido por el exterior. Rivera sostiene que existe una lucha permanente entre los indios (ella prefiere esta palabra por razones políticas) y los europeos en la subjetividad andina. Esta lucha es una tensión interna que contrasta con una única visión total y permite conversaciones continuas y sin fin. Una cosa no elimina ni se integra a otra. Al igual que la sumisión contaminada andina a los estándares colonizados, lo local, lo indexado y lo subyacente subyacen a los esfuerzos de búsqueda de sustantivos mientras se hacen invisibles por ellos. Satisfacer el mandato de Tsing requiere espacio para algo que queda fuera de la narración de uno: fricción desde el exterior. La metafísica de los otros representa la percepción como fuente permanente de manchas en la inteligibilidad existente. Por lo tanto, está en línea con una tarea descrita por Viveiros de Castro como la nueva misión para la antropología: la descolonización permanente del pensamiento.

La metafísica de los otros aparece entonces como arquitectura de una imagen de la percepción como apertura al Gran Afuera. Termino ahora con las dos figuras de intensidad cosmopolítica asociadas a la prioridad del exterior – y a la metafísica de los otros. Primero la segunda que mencioné arriba: el suplemento. El exterior que no es integrado es como una apertura que torna imposible que una totalidad se consolide. Pienso que quizás la metafísica de los otros como una figura de lo que Derrida llama de lógica del suplemento. Pero más concretamente ella se encuentra en el proceso ubicuo – y aquí hereda el pan-perceptualismo de Whitehead – de la percepción. La receptividad es comprendida como un ejercicio de hospitalidad – sus capacidades son capacidades de respuesta, de atención y de compromiso con el que viene de fuera. Como en una conversación, la amabilidad puede transformarse en hostilidad – el afuera puede ocasionar una conflagración. Pero esto – o la inclusión del fuera, del percibido en un entendimiento – no es el fin de la receptividad – o de la hospitalidad – ya que el fuera, el suplemento, nunca para de llegar. La posible hostilidad viene del carácter insurgente o subversivo del exterior – pero como en los círculos de Marcel Mauss no es posible estar siempre en la hostilidad con los que traen algún don. El suplemento es la imagen de la différance que no es todavía presencia pero hace que la presencia sea posible – todo lo que viene, viene del exterior, o del horizonte, o del que todavía no es (viene al borde del ser). La receptividad es así una imagen del suplemento entre lo que es concreto: el borde de las presencias que se configuran a partir de la sensibilia pero que están siempre pendientes de ella – está siempre rehenes del Gran Afuera.

La lógica del suplemento es una lógica de no permanencia frente a adiciones – o sea, una lógica que no es monótona: cualquier premisa adicionada puede provocar la pérdida de conclusiones. El suplemento cambia lo que está establecido, lo mancha y, con la mancha, reescribe – la deconstrucción no es más que una investigación de la escritura hecha por suplementos, una consideración de los rastros (les traces) que muestra que la presencia nunca es plena, es siempre rehén de la différance, o sea, de los suplementos que pueden transfigurarla. En contraste, la presencia plena hace que el exterior sea indiferente. Es el suplemento que produce la exterioridad si algo ausente no puede ser ni una redundancia ni un complemento que produzca la totalidad. En el suplemento, los relata no son ni independientes ni interdependientes; un ítem suplementado no está completamente presente como determinación ni completamente ausente. La lógica del suplemento es anatema para una visión completa y abarcadora de la realidad; siempre hay algo por venir. La noción de suplemento aclara también cómo asumir una totalidad es una forma de hacer que cualquier elemento existente esté completamente presente en esa totalidad. El suplemento tiene sentido del otro como infinito; ni yo ni el Otro están plenamente presentes: estar plenamente presente haría que el otro estuviera ausente, y el otro estar completamente presente significaría completud. El otro, así, no puede ser sino un rastro. La realidad emerge como nunca completamente presente; siempre está en juego en el sentido de que las adiciones a él eventualmente no lo completarán, sino que la transfigurarán continuamente. Los componentes de la realidad no pueden ser más que suplemento de la realidad – y esta es la razón por la cual lo externo, el más allá o el otro suelen ser paradójicos. Trascender lo que parece ser una totalidad es lo que hace un suplemento.

El suplemento también ayuda a comprender la sustitución en Levinas – una subjetividad no es identidad porque lo que es puede ser substituido por el otro. La substitución es el reverso de una identidad fija o permanente; uno substituye otro. En términos de suplemento, ser sustituido por el otro debe complementarse y, finalmente, volver al estado de presencia insuficiente. Precisamente, esta presencia insuficiente trae consigo la obsesión con el otro: la obsesión de evadir el propio ser. O sea, la herida, la sutura. Debido a esta insuficiencia, una subjetividad siempre es rehén de los demás. La subjetividad está separada y, sin embargo, no es indiferente a lo que está fuera de ella. La noción de suplemento comprende la sustitución en el marco de la metafísica de los otros. Una interioridad, determinada por sus fronteras, no es una presencia plena y puede suplementarse con lo que entra en contacto con ella. El Gran Afuera – que tampoco está plenamente presente pero tiene rastros por todas partes – puede substituir cada una de las interioridades. El Gran Afuera es el suplemento, y así aparece en los actos de receptividad.

Además, el suplemento es también el porvenir, el porvenir que es como el desastre de Maurice Blanchot: no está en el futuro si el futuro es lo que podemos prever – por ejemplo, las repeticiones del calendario. Las previsiones en el tiempo – como las proyecciones especulativas – son un comercio con la physis de los otros. No pueden ser más que un inicio de conversación – quizás como un lure for feelings, señuelos para sentimientos: intentos de provocar respuestas en el exterior; como en una experimentación, intentar que una pregunta pueda ser respondida. Las previsiones – y las especulaciones – son quizás así señuelos para suplementos.

Finalmente, la figura cosmopolítica del exceso. El exceso es por supuesto exterior y suplemento. Por otro lado, la percepción está en una economía del exceso: hay algo más que aparece y es necesario hacer algo con esto. Desde este punto de vista, la percepción es una demanda constante por respuestas, un agente de transfiguración. Hacer algo con el producto de la receptividad es estar en una economía restringida: previsiones y especulaciones están así en un marco de esta restricción. Pero el exceso él mismo es interminable, es el motor de una sensibilidad; los sentidos no paran de obtener estados de sentimientos con los cuales tienen que hacer algo. La solución – la respuesta – es siempre ella misma incompleta porque el exceso no para, el suplemento siempre llega. También algunas de las soluciones de la economía restringida que Bataille encuentra se pueden considerar aquí: el dispendio – que es descartar los sentimientos – y el crecimiento – que es quizás la voluntad de verdad. Si el porvenir, es él mismo una figura del exterior y, por lo tanto, del exceso, la acumulación del capital es también aquí una economía restringida. Es un gesto con respecto a las previsiones – un gesto que se traduce en la promesa de seguridad y de futuro que hace el agente calvinista: sea o lo que fuera el porvenir, se puede garantizar una estabilidad, una capacidad de no ser afectado. Pero la economía restringida nunca es la solución última; el exceso como cuestión siempre trasciende las respuestas que podemos ofrecer. (Como la producción transciende el registro del capital.) Y el exceso sigue llegando por el borde exterior, la llegada de los sentimientos es el pasaje mismo del tiempo para una actualidad. Considerar la economía general aquí es considerar el exterior como exterior – y la percepción como exterior independiente de lo que se hace con ella. La metafísica de los otros, más que una economía restringida, es una afirmación de la parte maldita: el exceso que es el exterior no cesará. O sea, es una economía restringida y su imposibilidad – o rechazo.

En un sentido cercano de lo que hacen Deleuze y Guattari en El Anti-Edipo con Bataille y la economía general del exceso, la percepción, involucrada con el exceso, es una producción continuada. La sensibilia, así, es como el esquizo: la producción incesante que es ella misma indiferente a las urgencias del registro y la distribución – o sea, a las urgencias del entendimiento y del informe. La percepción, defiende Whitehead, es siempre una creación. Podemos pensar la creación como una producción. Una producción incesante que resulta del acoplamiento de la sensibilidad al exterior – un acoplamiento que no hace sino producir. Quizás podemos entonces pensar que los conceptos no están haciendo más que registros – y los juicios empíricos nada más que distribución. Jean-François Lyotard, en su Economía Libidinal, compara el trabajo del concepto a la apariencia de trabajo del capital pues ambos “determinan las condiciones del trabajo, delimita los afuera y los adentro, los autorizados y los prohibidos, […] selecciona y valoriza” (21). El concepto es comercio, dice Lyotard, pero el trabajo está en otra parte. Si la producción es la percepción, la exposición al exterior promueve los efectos que aparecen, por ejemplo, en el pensamiento y la acción. Los conceptos dejan sus marcas en la percepción articulando y coordinando lo percibido – la articulación es parte de la percepción pues sin ella estaríamos bajo un mito denunciado por Whitehead en su Modos del Pensamiento: el mito de que hay un hecho aislado que pueda ser percibido – percibir es articular o coordinar. Pero la coordinación no es necesariamente conceptual; en general es la orientación de la percepción que, según la concepción BBP, puede ser cambiada por la percepción ella misma. La percepción, por otro lado, hace uso de los registros e informes para la producción – como el esquizo. La producción de la percepción es un acoplamiento con el exterior, inestable pero productivo en permanencia. El sentido del exceso es precisamente el de un interminable: suplemento, exterior, trascendente.

Un exterior trascendente como postula y explora la metafísica de los otros es él mismo un gesto cosmopolítico. Aparece una cosmopolítica donde se construye un hábitat de acuerdo con el mandato de Tsing: siempre incompleto y que postula la incompletud como parte de su narración. La cosmopolítica de la metafísica de los otros es quizás también una cosmopolitica de la insuficiencia – y, por eso, del pluralismo de una diaphonía incurable. Sería entonces la cosmopolítica de una sutura interminable, de una exterioridad inalcanzable. Y también la cosmopolítica de la gran salud de la percepción.

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